A veces, terminar un libro es como enterrar a un amigo. El vacío, la soledad parecen inundarlo todo. Las imágenes de los momentos vividos en su compañía se presentan inesperadamente. En cada esquina algo nos lo recuerda, nos engaña haciendo que creamos que aún está vivo.
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Este verano Martín (13), aburrido de tanto tiempo libre, manoteó insulso la biblioteca. Su mano emergió con “Harry Potter y las reliquias de la muerte”. Mi hijo se despegó del mundo para acompañar a Harry en sus últimas correrías. Al verlo tan concentrado leyendo los detalles de la batalla de Hogwarts me senté a su lado y comencé a leer por encima de su hombro. No quería dejarlo solo en medio de una batalla tan cruenta donde se jugaban tantas cosas importantes. Y donde morían Fred, Lupin, Tonks… Al llegar a ese momento, levantó la vista y me miró. Ambos compartimos el dolor de la pérdida de tan queridos personajes.
